No es reinventarse, es Renacer.

No es reinventarse, es Renacer.

Escrito el 10/08/2020
María Angélica Sánchez en 5 min.


Por María Angelica Sánchez 

En febrero de este año me preocupé por estudiar el acento de los ingleses. A pocos días de representar a Colombia en un mundial de emprendimiento en Londres, me inquietaba de sobremanera la duda de si iba a poder entenderles.  Me pasaba los días oyendo la BBC y todas las emisoras londinenses que pudiera encontrar en una aplicación en mi celular. 

El coronavirus imperaba las 24 horas del día en las noticias. Por un momento pensé que en Wuhan exageraban y que los ingleses los secundaban. Los italianos y españoles parecían relajados. Y nosotros, del otro lado del océano, obrábamos como si nunca fuera a llegar aquí o como si se tratara de una gripa más. Con un poco de psicosis por lo que oía, corrí a comprar un paquete de tapabocas y me di cuenta que, ya a mediados de febrero, escaseaban por todos lados.

Finalmente los encontré en un reconocido negocio japonés. Saliendo de la tienda, los noticieros, esta vez en español, hablaban de un avión de la Fuerza Aérea Colombiana que, en un acto heroico, despegaba rumbo a Wuhan a recoger a algunos colombianos atrapados en esa ciudad China. Toda la tripulación viajó cubierta con trajes espaciales y  eso me hacía sentir a salvo porque aparentemente el virus no llegaría a nosotros, aunque paradójicamente por el Aeropuerto “El Dorado” estaban entrando al país con pocos protocolos de bioseguridad unas 48.000 personas por día.

En la empresa tardamos muy poco tiempo en sentir que las cosas estaban cambiando y que los tiempos difíciles llegarían. Empezamos a ver que las partes que importabamos habitualmente de la China para el negocio eran cada día más caras. Empezamos a darnos cuenta cómo las grandes multinacionales en Colombia que eran nuestros clientes retardaban los pagos. Empezamos a angustiarnos con el aumento del número de decesos en Italia, mientras los proveedores trasalpinos reducían la producción y cerraban sus empresas. 

El 13 de marzo, entré en un restaurante de comida asiática en Bogotá. Unos pocos minutos después, un hombre con los ojos un poquito rasgados y pelo lizo atravesó la puerta. Como si fueran xenófobos, todos los que estaban sentados corrieron sus carteras, sacaron el antibacterial o dieron un paso al costado para mantener la distancia. 

Regresé a mi casa a contar con risa el absurdo. Pero esa misma noche en el silencio de mi cuarto, pensando en mis clases de inglés matutinas con la BBC, recordé que había oído que en Europa empezaban a escasear los tapabocas. Levanté el teléfono y llamé a algunos amigos en Italia dónde apenas amanecía, para entender qué posibilidades había si empezábamos a fabricarlos con el fin de exportarlos. Me di cuenta que no era tan fácil y nos tomaría bastante tiempo, pues se necesitaban certificaciones, permisos, licencias, etc. 

Entonces, confieso que empecé a buscar productores de tapabocas en China con la esperanza de importar un contenedor. Luego de un par de correos cruzados, aprendí que un millón de tapabocas costaban 30% menos si esperaba un mes antes de que los despacharan de China, es decir en ningún caso llegarían a Colombia antes de los primeros días de mayo. “Es inútil, en treinta días más ya no habrá virus”, pensé optimista.

En Colombia y creo que en Latinoamérica en general, no existe nadie que sepa más de estudios de mercado que el sector informal. Piénsenlo en navidad por ejemplo: los semáforos se infestan de gorritos con luces; en enero el calendario Bristol o Piel Roja y para el tráfico en un día de calor, agua congelada. Con la crisis del COVID-19 la historia no fue diferente. En pocas horas en Bogotá, el déficit de artículos de bioseguridad empezó a suplirse y con los días los estantes de las misceláneas y droguerías exhibían tapabocas de todos los colores, bonitos, feos, bien hechos o mal hechos, en cualquier tela, y mejor aún, sin pedirle certificación ni permiso a nadie. 

Me parecía completamente admisible que el sector informal buscara oportunidades para vivir. Pero debo decir que me parecía increíble viniendo de muchas de las grandes empresas. No podía entender por qué tantos empresarios estaban tomado el camino más corto. Con un poco más de estilo tal vez, pero al final nada diferente.  No lo pensaron ni por un minuto. La oferta superó la demanda y pronto el de los tapabocas dejó de ser un negocio próspero.

Luego vino el estallido de las redes sociales y empezó el desfile de lo previsible: entrenamientos virtuales por parte de los gimnasios que en el corto plazo afectaron a todo un gremio; eventos por Zoom, Facebook live, Instagram live sobre cualquier tema. Todos nos hicimos expertos de un día para otro, algunos en la búsqueda de reconocimiento y otros con la voluntad de ayudar. Y zarparon algunos emprendedores más sofisticados a vender termómetros, overoles, tapetes desinfectantes, soportes para antibacteriales con pedal. Nos comió el afán y, como era obvio –atendiendo a las elementales leyes de oferta y demanda–, el deseo de asistir a eventos virtuales disminuyó y la venta de otros productos también se hizo más difícil.  

Pocos respiraron y se tomaron la “reinventada” con un poco de calma y sin miedo. La adaptación de los modelos de negocio no era un asunto para sobrevivir tres meses, sino para vivir los próximos dos años. Los expertos hablan de al menos un año y medio antes de la llegada de la vacuna y yo creo que es imposible pensar en que la economía de un país puede salir adelante con el 60% de su población en informalidad dedicada a vender elementos de bioseguridad.  

“Reinventar” es un término que no me gusta, no solo por repetitivo, sino porque el hecho de que volver a inventar algo que ya no se adapta a un contexto o en el que las condiciones de mercado cambiaron y reina la incertidumbre, me parece imposible. Yo pienso más en un “renacer”, pues como en el universo, para que una estrella nazca, hay una cosa que debe suceder y es que una nébula gaseosa debe colapsarse. 

Decía Winston Churchill que “nunca se debe desaprovechar una buena crisis”, y yo creo que si vivimos esta crisis de esa manera, este no será el fin de nuestra economía ni de nuestra competitividad. Este es el nacimiento de nuevos emprendimientos con más madurez y experiencia. Nacerán modelos de negocio no desde la inmediatez, sino desde el respeto por el otro y desde el entender que todos somos uno. 

Aunque sea en tierra árida, los empresarios sembraremos. Y lo que de allí crezca lo hará en un terreno más fértil del que teníamos antes, porque un virus por fin nos hizo reconocernos iguales. Porque conocimos, por ejemplo, la impotencia de ver un supermercado vacío y entonces entendimos la angustia del operario que llega con esfuerzo al fin de mes o que no tiene qué comer. Por eso el renacer del que les hablo servirá para trabajar por una industria que haga del mundo un lugar un poquito más justo.  

De dedicar tiempo a  buscar en nuestros clientes y posibilidades una salida coherente a la crisis dependerá nuestro futuro. De la planeación y la prudencia llegan las mejores ideas. Hoy, tiempo después de haber empezado todo esto, creo entender que cuando se presenta la necesidad y todos responden con la misma solución, dejamos escapar la verdadera oportunidad. Hay un gran valor en las curvas de aprendizaje que se alejan de la desesperación. No vale la pena reaccionar inmediatamente por negocios que pueden terminar en dos meses, vale más crecer lentamente con negocios que perdurarán en el tiempo y a pesar del COVID-19. 

Para mi sorpresa nuestra empresa pudo haber encontrado una estrategia de negocio que antes no habíamos visto y que puede ser igual o mejor a la que veníamos desarrollando. Estamos remando. No dejamos cuatro años de trabajo y experiencia, de crecimiento de marca, de fortalecer nuestro equipo, para aventurarnos en negocios desconocidos. Preferimos cavar más a fondo en nuestra industria y adaptarnos a diario a lo que el mercado nos está demostrando. 

Al final, no viajé a Londres por obvias razones. No importé, ni importaré tapabocas. Tal vez me demore un tiempo en llegar a ese modelo de negocio que equipare las ventas que teníamos antes de esta crisis, pero hoy creo más que nunca en lo que escribía Robert Frost: “Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo… yo tomé el menos transitado, y eso hizo toda la diferencia”. 



María Angélica Sánchez

Creadora de estrategias de Negocios con Impacto. Filántropa y soñadora. Escritora cuando me nace. Precursora de un mundo mejor. 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Brieffy.

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