En los últimos años, el tablero del movimiento de riqueza global ha sufrido un giro tectónico. Mientras Singapur —tradicionalmente el puerto seguro para la élite asiática— endurece sus regulaciones y pide a los extranjeros “bajar el tono” de su ostentación, Dubái ha abierto las puertas de par en par.
Para el líder empresarial y el inversor estratégico, lo que ocurre en los Emiratos Árabes Unidos (EAU) no es solo una anécdota de lujo y Ferraris; es una lección sobre arbitraje geopolítico, movilidad de capital y la búsqueda de mercados con regulaciones pragmáticas. Hoy, Dubái no solo es un oasis en el desierto, sino el nodo central donde el capital chino busca refugio frente a la vigilancia de Pekín y las sanciones de Occidente.

